Primeros capítulos - Los besos de Ariadna

Comienza la cuenta atrás para el lanzamiento de "Los besos de Ariadna". 

Mi próxima novela estará a la venta en Amazon a partir del 24 de junio. Estoy muy contenta con el resultado, con la portada, con la trama... No sé cual será la acogida entre los lectores, pero estoy muy orgullosa del trabajo y el esfuerzo que ha supuesto darle forma a la novela.

A lo largo de las próximas semanas, os iré desentrañando algunos detalles de la novela. Os recuerdo que en wattpad podéis leer los primeros capítulos y dependerá de vosotros (los lectores) de que continúe subiendo capítulos para leer gratis. Compartid y dadle estrellas para saber que queréis seguir leyendo, y podréis leerla antes del lanzamiento. Otra alternativa es reservar vuestro ejemplar, adquiriéndolo en preventa por 0.99€ (a partir del 24 de junio estará a su precio habitual 2.99-3.99€). Fácil, ¿verdad? 

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 Primeros capítulos

Capítulo  1

Junio, 2015
Una preciosa sonrisa le dio la bienvenida al subir al avión y él la correspondió con un guiño coqueto para asegurarse una buena atención durante el viaje. Había volado lo suficiente como para conocer los pequeños trucos, como elegir sentarse junto al pasillo para evitar quedar encerrado entre su acompañante y la pared; sobre todo por no poder conocer previamente las dimensiones del pasajero que se sentaría a su lado. Joey se acomodó en su asiento y respiró hondo. Hacía mucho tiempo que el miedo a volar se había disipado; desde que tenía uso de razón su padre siempre le había arrastrado a él y a su madre por todo el país debido a su trabajo. La razón por la que decidiera visitar Las Vegas, el reencuentro con Ariadna y Liam y las posibles consecuencias, le provocaban cierta inquietud; algo poco habitual en él. Se colocó los auriculares de su MP3 y cerró los ojos para que las notas de la guitarra de Fito, le ayudaran a dejar un lado sus preocupaciones, mientras la preciosa azafata de la entrada no pudiera traerle una copa. Una tímida mano golpeó su hombro devolviéndolo a la realidad. Ante él, una adolescente, de no más de trece años, muy delgada con las mejillas sonrojadas, trataba de ocupar su lugar junto a la ventanilla. Joey le dedicó una amable sonrisa que solo contribuyó a que la joven se limitará a esconder su cara tras su pelo rubio, largo y suelto; respiró aliviado, no tendría que aguantar conversaciones absurdas ni empresarios obesos y sudorosos durante el resto del viaje.
En cuanto dieron el aviso de desabrocharse el cinturón, Joey asomó su cabeza por el pasillo en busca de la azafata y sus miradas se encontraron; la caída de ojos que ella le dedicó, infló su ego, al sentir que sus trucos seguían funcionando. Tras intercambiar algunas palabras y conseguir su copa, Joey comprobó su reloj. Eran las 21.35 y el sueño comenzaba a vencerle tras un largo día; se puso cómodo y trató de dormir sin éxito, pues su acompañante había reunido el valor suficiente para entablar conversación y pedirle que se hicieran un “selfie” para enseñarle a sus amigas, la suerte que había tenido con el chico tan guapo que le había tocado en el asiento contiguo. Nunca se había considerado feo, siempre había tenido éxito con las chicas; pero en aquel momento lo último que deseaba era ser el objeto de las argucias de unas adolescentes. Aún quedaban siete horas para llegar a Las Vegas y no sería un vuelo tan tranquilo como había imaginado.
Joey llegó al Aeropuerto Internacional McCarran, con jaqueca, necesitaba darse una ducha y dormir hasta la mañana siguiente; el viaje en taxi solo logró empeorar su malestar, pues parecía que todos a su paso deseaban hacerle partícipe de sus vidas. Había reservado habitación en el hotel MGM Grand Las Vegas donde se hospedaría y desayunaría con sus viejos amigos, bien temprano; pensar en ello provocó que su estómago se contrajera. Con paso decidido se encaminó a la recepción, justo cuando su teléfono comenzó a sonar. La recepcionista le dio la bienvenida y él se limitó a extenderle su tarjeta.
—Tengo una reserva. Disculpe tengo que contestar —se excusó ante la insistencia del llamante. Joey sintió un escalofrío al descubrir quién era el emisor.
—¿Diga? —preguntó con un hilo de voz.
—La próxima vez que te llame, cógelo de inmediato. Me importa una mierda si estás en el baño, follando o cascándotela. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? —El señor Grosso no se caracterizaba por ser una persona delicada y comedida.
—Sí, señor—se limitó a contestar para evitar una discusión mayor; su vida estaba en manos de aquel hombre y no pensaba enemistarse con él.
—No estoy seguro de que sepas exactamente a qué te enfrentas. Juárez no es de los que se andan con rodeos ni palabritas—le advirtió amenazante.
— Lo siento. Acabo de llegar al hotel y estaban atendiéndome—añadió en un intento por calmar a su interlocutor.
—¿Te repito lo que me importa? —obviamente, un intento malogrado.
—No, no hace falta. Lo he pillado—zanjó él.
—Joseph... —lo llamó por su nombre de pila, algo en su interior se quebró. Así sólo lo llamaba su madre—. A partir de aquí estás solo.
—Todo irá bien, se lo prometo—. Un suspiro recibió de respuesta.
—Ok. Disfruta de tus vacaciones—dijo Grosso poniendo fin a la conversación.
La recepcionista le dio su llave deseándole una agradable estancia, respondió con un escueto “gracias” y se dirigió a su habitación para dejar sus maletas. Sentado a los pies de la cama, observaba el número de teléfono que le había dado la azafata en una servilleta; quien le había insistido en pasar un rato agradable aquella noche, la única que ella pasaría en la ciudad. Era bonita, simpática y lo había mimado durante el viaje, pero ya nada importaba; toda su mente giraba en torno a su encuentro con Ariadna.
Mientras, al otro lado de la ciudad, Ariadna dejaba, sobre el banco de cuero color hueso de su vestidor, el quinto vestido que había desechado; hacía tanto que no veía a Joey que realmente deseaba causarle buena impresión. El rojo era demasiado llamativo, el negro muy formal, el azul no resaltaba sus ojos… ninguno era lo suficientemente bueno para presentarse delante de Joey. Se observó frente al espejo de cuerpo entero, ya no era la misma Ariadna; no solo porque hubiera cambiado su color de pelo, modelara su cuerpo duramente en el gimnasio o hubiera recurrido a la cirugía para mejorar su escote, había madurado a golpes y esa era la forma más cruel que tenía la vida de enseñarnos.
Rememoró la última vez que se habían visto y se sintió desdichada por cómo había acontecido su vida desde entonces. Trató de hacer un esfuerzo por recordar cuánto hacía que no se sentía emocionada por una cita y con voz lastimera exclamó en voz alta “quince años”. Demasiado para su salud mental. Con un ligero movimiento de cabeza para apartar fantasmas de su mente, regresó a la lucha contra su armario sin importarle que su móvil sonara con insistencia; no iba a permitir que Liam la amargara con sus comentarios sarcásticos y llenos de crueldad. Su única prioridad ese fin de semana era reunirse con Joey; un pequeño grito de emoción se escapó de su garganta. Estaba tan nerviosa por tenerlo de nuevo junto a ella, que estaba segura que aquella noche no pegaría ojo.
No muy lejos de allí, concretamente frente al apartamento de Ariadna, Liam lanzaba su teléfono al asiento vacío del copiloto.
—¡Zorra! Te he dado una oportunidad de oro —decía mientras arrancaba el motor.
Había tratado de localizarla durante todo el día, pero ella no se había molestado en responder a ninguna de sus llamadas ni mensajes. Desde que Joey contactara con él para informarle que pensaba visitarlos y reunirlos a los tres, la zozobra se había instalado bajo su piel; y la acidez de su estómago se había disparado. La amistad que mantenía con Ariadna se había deteriorado en los últimos meses, hasta el punto de no dirigirse la palabra; sabía que la llegada de Joey iba a cambiarlo todo, y eso le preocupaba. A pesar de considerarlo parte de su familia, su interés por Ariadna era mucho más fuerte que cualquier lazo que pudiera existir entre ellos. No estaba dispuesto a dejarse ningunear ni excluir de la ecuación porque Joey sintiera añoranza.
—Creo que va a ser un fin de semana muy pero que muy divertido —sonrió con malicia antes de perderse a toda velocidad por las calles de Las Vegas.
***
Joey había madrugado y esperaba para desayunar en la terraza del hotel. Había saltado de la cama con los primeros rayos de sol para llegar temprano y no desperdiciar ni un minuto de su tiempo libre para estar con Liam y Ariadna, sus mejores amigos durante su adolescencia hasta que tuvieron que decidir qué camino tomar. Él se marchó a una Universidad situada al otro lado del país y Liam se mudó a Las Vegas para continuar el legado de su padre; no tenía muy claro cuáles habían sido los pasos de Ariadna, esperaba que en su encuentro se pusieran al día.
El primero en aparecer fue Liam. Llevaba el pelo engominado hacia atrás. Andaba decidido y sobrado de sí mismo; era increíble como con los años había adquirido tanto parecido a Ryan Gosling. Sonreía ladeando el labio dejando al descubierto parte de su perfecta dentadura, lo que otorgaba a sus ojos azules un brillo especial y altanero. Su impoluto traje de color negro hacía resaltar su camisa color carmesí, contribuyendo a ensalzar aún más su ego.
Joey se puso de pie cuando Liam se situó junto a la mesa, dudaba cómo saludarlo pues había pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían visto. El abrazo efusivo de éste le ayudó a relajarse.
—¡Qué alegría de verte! Cuando recibí tu llamada no podía creerlo—. Liam se sentó y Joey lo imitó—. ¡Va a ser épico! Voy a llevarte a unos locales increíbles y te presentaré a unas amigas que te dejarán sin respiración. Antes y después, ya me entiendes— dijo guiñándole un ojo.
—Esto... No creo que sea buena idea—Joey no tenía intención de ser aguafiestas, pero Liam parecía haber olvidado que serían tres.
—¡Oh, vamos! ¿No me dirás que tienes novia? —preguntó incrédulo Liam extendiendo las palmas de sus manos de forma teatral.
—No, no es eso. Es que ya te dije que no estaremos solos —anunció con la mirada fija al frente. Ariadna caminaba hacia ellos subida a unos altos tacones y enfundada en un ajustado vestido color esmeralda. Estaba preciosa. Su melena castaña ahora era veteada, sus curvas se habían acentuado y, aunque sus pechos habían crecido gracias a la cirugía, toda su imagen era armoniosa; le recordaba a Jennifer Love Hewitt, pensar en su sex symbol le obligó a apartar la vista y centrarla en el café que se le enfriaba en la mesa.
—¡Estupendo! —ironizó Liam quien había preferido pasar unos horas juntos antes de tener que enfrentarse a la presencia de Ariadna—. ¡Camarera un gin-tonic!
—Ni siquiera son las 10— le recordó su amigo.
—Créeme, lo voy a necesitar—insistió Liam. Era evidente que Joey desconocía el nivel de tensión que mantenía con ella.
—Buenos días —saludó Ariadna cuando estuvo junto a ellos. Evitaba mirar a Liam y sólo se dirigía a Joey, quien algo torpe, se limitó a darle un beso en la mejilla—. Me alegro que me llamaras. Es bueno verte después de tanto tiempo—sonrió ella mientras tomaba asiento.
—Y tanto —comentaba Liam tras beberse media copa de un primer trago. Ariadna lo ignoró.
—¿Qué te trae por Las Vegas? ¿De despedida de soltero? —Ariadna estaba recelosa ante la iniciativa de Joey en reencontrarse.
—¡Oh! ¡Qué sutil! —murmuró Liam. Sabía que Ariadna se moría por descubrir si Joey tenía alguna mujer en su vida.
—No, tenía que venir por un asunto del trabajo y pensé que sería buena idea reunirnos— mintió. No estaba preparado para confesar sus verdaderas intenciones; de hecho, dudaba de si era seguro compartir las razones de su viaje a Las Vegas.
—¿En qué trabajas? —Ariadna estaba demasiado nerviosa para mantener una conversación fluida, las interrupciones de Liam no ayudaban, así que había optado por lanzar preguntas manidas hasta lograr relajarse.
—Soy contable en una importante empresa de componentes electrónicos—informó Joey de manera mecánica, como si fuera su mantra.
—¡Qué aburrido! —interrumpió Liam—. ¡Camarera otra copa! —necesitaba que el alcohol le nublara lo suficiente el juicio para no ser consciente que en aquella cita, él parecía sobrar.
—Soy directora de un centro de spa— dijo tímidamente Ariadna. Su sueño hubiera sido ser escritora, profesora de literatura o bibliotecaria; pero una cosa era la vida que soñamos y otra muy distinta la que finalmente acabamos teniendo.
—¿Por cuenta propia?
—No, su dueño es el padre de... —señaló a Liam con una inclinación de cabeza.
—¡Qué sosos! Que si trabajo que si ignoro a Liam. Vayamos a tomar una copa por ahí. Estamos en Las Vegas. Siempre hay una fiesta esperando—animó el tercero en discordia, cansado de aquella conversación fría y curricular.
—Creo que tú ya estas lo suficientemente contento—bromeó Joey al advertir como las varias copas que llevaba su amigo comenzaban a afectarle.
—Es su estado natural—aclaró Ariadna con desdén.
—¡Es su estado natural! —remedó Liam remarcando cada sílaba—. A ver cuando te enteras que bebo para poder soportarte —atacó sin levantar el tono con toda la naturalidad que su embriaguez le permitía.
—No he venido a discutir contigo—recordó ella avergonzada por su actitud y temerosa de que Joey se llevara una impresión equivocada de ella.
—De eso estoy seguro—respondió mordaz Liam; no podía controlar los celos ante la mirada embelesada que ella le dedicaba a Joey. Ariadna se puso de pie.
—Joey, llámame para almorzar o tomar algo esta tarde. Pero creo que lo de tu reunión de tres no va a poder ser. Hasta luego—. Le dio un beso en la mejilla y se marchó.
Joey se irguió hacia delante.
—¿Me explicas a qué ha venido todo esto? —interrogó a su amigo. Estaba sorprendido por su actitud maleducada y agresiva hacia Ariadna.
—Aún estamos superando el divorcio—soltó Liam encogiéndose de hombros.
—Sí, eso ya lo sé. Lo que no entiendo es tu actitud. ¿Qué te ha hecho para que la odies tanto? ¡Es Ari! —dijo refiriéndose a ella con el mote cariñoso que siempre usaba.
—No quererme ni mirarme como te mira a ti. Y si crees que después de todos estos años vas a encontrar a la misma Ariadna de entonces, a esa “Ari” del instituto, estás muy equivocado.
—No empieces otra vez con eso; pensé que ya estaba zanjado. Y sí, sé que habrá cambiado, todos lo hemos hecho; pero la esencia, lo que de verdad importa, nunca muta—. Liam estaba demasiado absorto en sus propios problemas para prestar más atención de la necesaria a las palabras de su amigo.
—Creí que si tú no estabas disponible, ella me amaría; pero me equivoqué. Nunca ha sido feliz conmigo, no entiendo por qué lo hizo. Hemos vivido en una guerra constante. Yo al ataque por no sentirme querido y ella a la defensiva por no tener la vida que había soñado— balbuceó ocultando su cara tras las manos.
—Nunca se me habría pasado por la cabeza que acabaríais así. Siempre fuisteis muy buenos amigos.
—Justo es ese el problema. Éramos muy buenos amigos, pero sólo eso—tomó un nuevo sorbo de su copa antes de continuar—. Realmente debió ser increíble ese beso que le diste para que quedara colgada de ti—rio, aunque su risa estaba cargada de tristeza.
—De eso hace mucho tiempo—trato de consolar Joey. Liam acabó con su cuarta copa antes de hablar; el alcohol comenzaba actuar como “suero de la verdad”.
—Fui un egoísta. Pero tú fuiste un estúpido por dejar escapar tu oportunidad. ¿La quisiste?
—Eso ya no importa —dijo Joey tratando de evadirse del tema. Liam dio un golpe en la mesa, a pesar de que hablaba con mesura.
—¿La quisiste?
—Sí—. Liam reclinó la cabeza hacía atrás con los ojos cerrados, necesitaba unos minutos para ordenar sus ideas.
—Joey, ¿para qué has venido? ¿Por qué todo esto? Después de tanto tiempo...
—Tenía que venir para una reunión y quise aprovechar para recordar viejos momentos—cada vez le resultaba más fácil mentir al respecto.
—No me lo trago, pero fingiré creerte. Llama a Ariadna y almuerza con ella, le hará mucha ilusión. Dile que seré cordial mientras estés de visita y que nos reuniremos en el restaurante de mi padre para cenar los tres.
—¿En cuál de ellos? —la mitad de la ciudad pertenecía a su padre.
—En su favorito. Convéncela, prometo enterrar el hacha de guerra. Nos vemos esta noche—. Liam se puso de pie para marcharse, pero antes se lanzó sobre Joey y le dio un fuerte abrazo—. A pesar de Ariadna, siempre te he querido como a un hermano—. Se recompuso y se alejó con paso decidido.
Joey lo miró marcharse. “Quince años son demasiados” se dijo a sí mismo observando las preciosas vistas de la ciudad, mientras su mente viajaba a un tiempo donde el futuro era un lienzo en blanco en el que todo era posible.

Capítulo 2
Septiembre, 1997
Joey viajaba en silencio. Era el primer día en su nuevo instituto, llegaba con dos semanas de retraso; pero eso no era lo que le preocupaba, estaba acostumbrado a esos cambios tan habituales en su vida, pues su padre era militar y viajaban a menudo. Demasiado para su gusto. Esa era la razón de que viajara en silencio y llevara días distante en casa. Estaba cansado de su vida nómada, de adaptarse en una nueva ciudad, hacer amigos para perderlos al siguiente semestre y tener que empezar de nuevo. Se había convertido en un experto en la integración, sabía qué palabras usar, qué grupos evitar y hasta ese día le había funcionado. Su madre detuvo el auto.
—Hemos llegado. No hace falta que te diga que tengas suerte o que vayas con cuidado, se te da mejor que a mí los nuevos comienzos—. Joey se limitaba a mirar por la ventanilla—. ¿Joseph? —Ella era la única que lo llamaba por su nombre de pila—. ¿Te encuentras bien? —Él asintió—. ¿Sigues disgustado por la mudanza? Sé que no es fácil pero... —Joey la interrumpió.
—Tengo que irme mamá o llegaré tarde en mi primer día.
—Está bien. ¿Sabrás regresar a casa? —ella no le dejó responder—. Claro que sabrás, eres muy listo. Aun así...
—Si tengo problemas te llamaré. Hasta luego—. Se bajó del auto en dirección a la escalinata con la intención de empezar su show.
Su madre se empeñaba en cada ciudad, instalarlo en un instituto privado y no militar, razón que siempre la llevaba a discutir con su padre.
—Megan, no entiendo esa obsesión. El colegio está en la base. Iríamos y regresaríamos juntos, y no entiendo que tienes en contra de los militares después de haberte casado con uno.
Su madre le sonreía, le daba un tierno beso en la mejilla y zanjaba el tema con un "lo tengo ya todo arreglado". Así evitaba decir que aunque amara con locura a su marido, prefería evitarle a Joey las consecuencias de un sistema conservador, marcial y racional; valores contrarios a su carácter progresista.
Joey cruzó la escalera y se adentró en la escuela. Era delgado y musculoso pues los domingos se dedicaba a entrenar con su padre, ojos grandes, de aires latinos, un William Levy adolescente. No era guapo, tampoco feo, pero desprendía un atractivo especial que encandilaba a las chicas y caía simpático a los chicos. Un grupo de chicas de su misma edad lo observaban y cuchicheaban a su paso. Hacia él se dirigían varios chicos que Joey calificó como los chicos guays con los que debía entablar amistad para evitar problemas el tiempo que estuviera allí. El cabecilla se acercó a él y lo saludó.
—Me llamo Hank. Eres el nuevo, ¿no? —preguntó con una sonrisa con la intención de resultar simpático. En cuanto lo vio entrar, supo que Joey sería una pieza importante para el equipo; con él conseguirían superar la racha de cero victorias del año anterior.
—Eso parece —respondió a desgana.
—¿Has pensado apuntarte al equipo de fútbol? —sugirió sin rodeos.
—No creo—. Joey estaba siendo deliberadamente cortante. Sabía que esa clase de tipos necesitaban sentir inflado su ego. Lo sensato hubiera sido seguirle la conversación. Dar por hecho que él debía ser el mejor jugador del equipo o una pieza importante, y luego prometerle ir a los entrenamientos; pero nada de eso pasaría. Joey no tenía ninguna intención de esforzarse; con un poco de suerte en seis meses estaría en una nueva ciudad.
—Soy el capitán y si lo que te asusta es no jugar, te puedo asegurar que no calentarás banquillo. Sé dónde hay talento cuando lo veo.
—Gracias, pero no estaré mucho tiempo por aquí —. Joey inició la marcha dejándolo con la palabra en la boca. Hank rojo de rabia le sujetó por el brazo.
—No sé quién te crees que eres pero...
—Soy el nuevo y tengo prisa —respondió desafiante—. Hank lo soltó poniéndole una zancadilla justo cuando Joey iniciaba la marcha. Calló al suelo. Hank y su sequito rompió en una carcajada. El resto de alumnos los miraba detenidamente y en silencio, pues habían advertido la expresión de Joey quien con un ligero movimiento lo sujetó por el hombro formando una pinza con sus dedos ejerciendo tal presión que Hank fue rápidamente reducido. Joey se acercó a su oído y le susurró: “no busco problemas pero tampoco pienso huir de ellos”. Hank sollozaba. La intromisión de uno de los profesores puso fin al espectáculo.
—¿Qué sucede aquí?
—Nada, señor Morrigan. Hablábamos con el nuevo— respondió Hank; era una regla universal: nunca ser un chivato, siempre encontrar la forma de vengarte.
—¿Joseph Grant? —Inquirió el profesor.
—Joey —corrigió el chico.
—Hank, tú y tus amigos podéis iros. Yo me encargaré de acompañar a Joey—. Hank y el resto obedecieron, y a Joey no le quedó otra que seguir al señor Morrigan, quien también ejercía de subdirector.
—Joey, este centro se jacta de ser muy estricto ante las faltas de respeto entre compañeros y profesores; somos una institución alejada de escándalos y problemas. Hay dos tipos de personas, los que ayudan ante los problemas y los que los crean. ¿Eres de los segundos?
—No, señor. No me interesan los problemas.
—Bien. Eso quería oír. Te acompañaré a tu clase.
***
Ariadna observaba a Joey mientras sus amigas reían y murmuraban, especulando sobre los motivos de la llegada de Joey, debatían si sus ojos eran verdes,  miel o una mezcla de ambos tonos, si iría a su clase o al último curso, o apostaban quien sería la primera en conquistarlo. Ella permanecía apoyada en su taquilla, sonriendo a lo que decían sin realmente prestarles atención; pues todos sus sentidos estaban puestos en Joey. Ariadna había sentido un pellizco en el corazón nada más verlo cruzar la puerta principal, pero jamás lo confesaría en voz alta y mucho menos a las chismosas de sus amigas. Unos ojos que la observaban intensamente, la sacaron de sus pensamientos. Desvió la vista de su objetivo y encontró a Liam con el gesto fruncido. Ariadna le sonrió y él se relajó devolviéndole la sonrisa con burla. En cuanto Liam oyó las risitas del grupo que acompañaba a Ariadna y descubrió el motivo, puso sus ojos sobre ella; la conocía lo suficientemente bien como saber que su indiferencia era fingida y que su mirada la había delatado. Los sollozos de Hank, el capitán del equipo de futbol del instituto, interrumpió el juego de la pareja. Ariadna sentía como su corazón se aceleraba al ver como Joey inmovilizaba al chico con solo dos dedos. La llegada del subdirector Morrigan solo contribuyó a aumentar su preocupación; temía que Joey tuviera problemas. Se sentía tan absurda por experimentar esos sentimientos por alguien con  el que ni si quiera había intercambiado ni una palabra. Morrigan se marchó con  Joey, y Liam con Hank y el equipo. Ariadna se dispuso a ocupar su sitio en el aula para centrarse en su clase de literatura y tratar de olvidar al chico nuevo; mientras Liam caminaba cabizbajo ignorando las quejas y amenazas que Hank profería hacia el nuevo. A él no le interesaba ningún tipo de vendetta aquel año; su único objetivo era conseguir un beso de Ariadna, de la que llevaba enamorado tanto tiempo que había olvidado desde cuándo.
***
El golpe de unos nudillos en la puerta interrumpió a la profesora de literatura. El señor Morrigan entró susurrándole algo y señalando al pasillo; había estado acompañando a Joey por todas las instalaciones e incidiendo en el respeto entre compañeros y personal docente. Ariadna trataba de averiguar de qué se trataba. Liam, sentado en la banca contigua, se limitaba a vigilarla por el rabillo del ojo. Un minúsculo pasillo los separaba, pero solo le hacía falta inspirar con fuerza para absorber su fragancia; aquel día olía a moras.
—¡Chicos! ¡Atended! —llamó la profesora. Joey entró en la clase. El corazón de Ariadna dio un vuelco; el de Liam dejó de bombear por un segundo. La profesora continuó—. Os presento a Joseph Grant.
—Joey —corrigió el muchacho.
—Muy bien, Joey. Preséntate, por favor—. Joey se plantó frente a la clase, como siempre solía hacer; ya era un experto orador.
—Me llamo Joey. Hemos cambiado de ciudad por motivos de trabajo. Mi padre es militar y viaja mucho—se tomó un momento antes de continuar. Lo importante para ser aceptado como uno más era explicar por qué estaba allí y cuánto se quedaría, y así saciar la curiosidad de muchos; luego, sonreír y decir algo gracioso. Sonrió y añadió—No estaré mucho por aquí—. Luego sin dar explicaciones, salió al pasillo ante la incrédula mirada de todos y regresó cargando un pupitre y una silla. Cruzó toda el aula y se colocó en un hueco libre tras Ariadna. La profesora carraspeó atónita ante la indiferencia del chico, se despidió de Morrigan y continuó con la clase.
Joey no estaba esforzándose lo más mínimo en hacerse un hueco. ¿Para qué? Con un poco de suerte pasaría el verano en otra parte. Nadie lo recordaría, ni echaría de menos; en cambio, él sí sufriría con la pérdida y se preguntaría cómo serían sus vidas sin él. Sus amigos prometerían llamarlo y visitarlo, pero tras la euforia del principio acabarían convirtiéndose en un puñado de pulgares arriba en Facebook. Respiró profundamente y un dulce olor a moras le embriagó. “Mmm… moras”, susurró ante el agradable aroma, en un acto inconsciente, sin saber que sus palabras habían llegado a los oídos de Ariadna y cuyas mejillas se habían sonrojado; ella procuraba no girarse ni si quiera moverse, por vergüenza. Liam fruncía cada vez más el ceño, testigo de todo aquello. Joey ajeno a lo que sucedía frente a sus narices, oía atentamente a la profesora.
—Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche—recitó—. ¿Alguien puede decirme quién es su autor? —Ariadna levantó la mano y la profesora hizo un gesto con la barbilla hacia su dirección.
—Edgar Allan Poe —respondió Joey. Ariadna se giró confundida.
—Muy bien, Joey. ¿Alguien puede decirme a qué siglo pertenece? —Ariadna levantó de nuevo la mano, la profesora le dio la palabra señalándola con el dedo. Ariadna se giró para comprobar si realmente se trataba de ella. A Joey pareció no importarle.
—Principios del XIX —dijo el joven.
—Así es. Estas semanas vamos a hablar de autores del siglo XIX. Todos tendrán que ponerse en parejas y elegir a un autor sobre el que expondrán delante de toda la clase.
A Liam se le iluminó el rostro, era la excusa perfecta para pasar tiempo con Ariadna. Se disponía a sugerírselo cuando la profesora volvió a hundirlo en la miseria.
—Ariadna y Joey, como veo que les entusiasma el tema, los dos formarán pareja y nos hablaran del señor Poe—. Si todos hubieran estado en silencio y no preguntándose unos a otros quienes serían sus parejas para el trabajo, hubieran podido oír rechinar los dientes de Liam.


Capítulo 3
Junio, 2015
Ariadna permanecía recostada sobre el sofá de cuero marrón que ocupaba una de las esquinas de su despacho en el Bellagio Spa, en el que se había recluido tras su encuentro con sus dos viejos amigos. Miraba el techo perdida en los recuerdos de la primera vez que vio a Joey en el instituto. No podía creerse la suerte que había tenido de que la señorita Dawson les hubiese obligado a preparar juntos el trabajo sobre Poe.
Niños éramos ambos, en el reino junto al mar; nos quisimos allí con amor que era amor de los amores…—citó en voz alta. Jamás se le olvidaría aquel poema del autor, al que desde entonces había idolatrado. El vibrar de su teléfono, la regresó a la realidad—. ¿Diga?
—Soy Joey —respondieron al otro lado.
—¿Estás bien? —el tono de su voz decía todo lo contrario.
—Sí. Me gustaría que almorzáramos juntos—.  El corazón de Ariadna dio un vuelco. Hizo un gran esfuerzo para que la sonrisa que no podía borrar de su cara, no se colara por el teléfono. Joey continuó hablando—. Pero me gustaría pedirte un favor antes.
—Dime… —Ariadna alargó cada sílaba; sabía de sobra que tendría que ver con Liam.
—Liam ha prometido enterrar el hacha de guerra mientras yo este de visita. Va a organizarlo todo para que cenemos los tres juntos en tu restaurante preferido.
—No creo que sea buena idea. En cuanto beba un par de copas, empezará con su sarcasmo y sus dardos envenenados—respondió hastiada. Llevaba demasiado tiempo soportando su actitud pasivo-agresiva para conocer cuáles serían cada uno de sus movimientos.
—Te prometo que al primer comentario, yo seré el primero que se marche. Por favor, para mí es muy importante. Solo será  un fin  de semana; hazlo por mí… —suplicó con tono lastimero. Ariadna recordaba muy bien ese tono al que no podía negarle nada.
—Lo haré por ti—accedió acompañando sus palabras de un suspiro.
—¡Estupendo! ¿A dónde te apetece ir a almorzar? —él cambió radicalmente de tema, por temor a que ella dudara y se arrepintiera.
—Tengo que regresar después al trabajo. Te enviaré una geolocalización de un restaurante de la zona. Nos vemos luego en el Jasmine—. Ambos se despidieron y colgaron.
Ariadna acudió temprano a la cita. Desde su conversación telefónica cada uno de sus movimientos se había convertido en una constante pregunta dicotómica. ¿Debía cambiarse de ropa o quedarse con el mismo vestido? ¿Debía esperarlo en la puerta o tomar asiento? ¿Debía pedir vino o limitarse al agua? 
Desesperada y confundida optó por no cambiarse. Había visto como Joey la había devorado con la mirada y, quizás con más tiempo, las miradas dieran paso a algo más tras la comida. Le temblaban las piernas, así que decidió que lo más sensato era pedir mesa y ocultar su nerviosismo con una copa de rosado.
Joey llegó puntual, cruzó con paso decidido el restaurante, de pomposa y victoriana decoración, y con un atuendo diferente al del desayuno. Ariadna se sintió avergonzada. Él le dio un beso en la mejilla sin permitirle levantarse; luego tomó asiento frente a ella.
 —Siento estas pintas —trató de disculparse— he tenido que trabajar toda la mañana.
—Estás guapísima. Ese tono verde resalta tus ojos— consoló dedicándole un guiño. El camarero acudió de inmediato. Pidieron sus respectivos almuerzos, uno de los numerosos platos asiáticos del menú del restaurante, y Joey prácticamente la obligó a compartir una botella de vino.
—Me alegro mucho de volver a verte. Han pasado quince años desde la última vez y…—Ariadna pretendía retomar lo mejor de su pasado juntos.
—Creo que han sido bastante menos —interrumpió Joey. Ariadna se sonrojó; no esperaba que él sacara el tema, de hecho, deseaba ignorarlo por completo.
—Preferiría no hablar sobre eso —rogó mirando hacia su plato.
—Necesito hablar de ello. Si quieres podemos postergarlo, pero no me iré de Las Vegas sin que oigas lo que tengo que decirte. Tanto tú como Liam os merecéis que sea totalmente sincero, no pienso…—rectificó— no quiero seguir cargando con esa culpa.
—Joey… ¿puedo hacerte una pregunta? —Ariadna jugaba con su copa en la mano mientras con la otra se apartaba el pelo de la cara.
—Por supuesto.
—¿Te estás muriendo? —soltó sin rodeos. A Joey se le atragantó el vino y a punto estuvo de expulsarlo por la nariz. Cuando se hubo recompuesto, continuó la conversación.
—¿A qué viene eso? ¿Tan mal aspecto tengo?
—No tiene nada que ver con tu aspecto. Es la única razón que encuentro para venir a Las Vegas, reunirnos a los tres y estar dispuesto a remover todo el pasado.
—Hagamos un trato —él aún no estaba preparado para confesar, deseaba disfrutar de la compañía de sus amigos antes de abrir la caja de pandora—. No sacaré el tema hasta que tenga que irme. Luego me lo concederás… tómatelo como la última voluntad de un moribundo.
—Lo sabía, lo sabía… —dijo Ariadna ocultándose la cara tras sus manos—. Estás enfermo, por eso has venido.
—Ari… —el apelativo cariñoso la hizo levantar la mirada y mostrarle sus ojos cubiertos de lágrimas—. Te prometo que estoy completamente sano—. El tono cariñoso y su pícara mirada le irisaron la piel; y activaron su mente.
—Pide la cuenta mientras voy al baño a retocarme el maquillaje, luego te vienes conmigo —Ariadna se puso en pie sin darle oportunidad a replicar. Él la observó alejarse con una dulce sonrisa; sabía que una idea se le había metido en la cabeza y era cuestión de tiempo que la testaruda Ariadna lo obligara a seguirla, como había hecho desde el primer día en que se habían conocido. Nunca se había percatado de cuánto la había echado de menos hasta ese momento. Liam tenía razón, había sido un estúpido por no haber luchado por ella.
 


 

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